No eres digno

Trabajar en una tienda de ropa te adentra en un mundo que mucha gente desconoce. Puedes observar, escuchar a otros, leer un blog… pero si no lo vives no lo entiendes. Se aprenden muchas cosas, desde cómo colgar un vestido hasta cómo comer en 10 minutos. Ser uno más se agradece, pues no hay privilegios para los extranjeros: baste decir que trabajé el domingo de Resurrección.

Hoy se cumplen tres meses desde que empecé esta aventura.

Mis compañeros de trabajo son gente sencilla y simple, virtudes que aprecio y de las que carecen la mayoría de mis amigos de la universidad. Aquí no se aparenta nada: si no trabajan no comen. Son gente que si piensa A no te dirán B y si se les pasa algo por la cabeza lo harán.

Trabajar en tienda es cansado, pero nos lo pasamos bien. Y cuando trabajamos estamos por la labor: el manager no se ahorrará una bronca y la compañera te dirá las cosas claras si no haces bien tu trabajo.

Estos días me ponen mucho en caja. Quizá será porque es lo que se me da menos mal. Al principio cuesta pillarle el truquillo, pero una vez que coges el ritmo y cometes los primeros errores ya sabes cómo funcionar. Desde que tuve que poner 49.000 wones de mi bolsillo por no cobrarlos bien…

Ser cajero es como haber salido de la película Tiempos modernos de Charles Chaplin: mismos movimientos, mismas frases, misma sonrisa. E incluso mismo tono de voz. Después de pasarte horas marcando números, deslizando la tarjeta y presenciando cómo el consumismo ha consumido nuestras vidas, te salen algunos tics e incluso dices frases a destiempo.

Hace unos días tuve un episodio que recordaré por mucho tiempo y que quiero dejarlo por escrito. Una clienta de unos treinta y muchos años (o cuarenta y muchos —por mucho que lleve aquí todavía me cuesta distinguir) vino con su madre a comprar en rebajas (creo que podría escribir otro post entero sobre las rebajas). De esta señora me acordaba, pues es de esas personas de las que de lo que les falta en el cerebro les sobra en la boca. Mientras los clientes buscan su talla en silencio, estos clientes gritan pidiendo ayuda. Son muy indecisos a la hora de comprar y en el mostrador cambiarán de opinión, dejarán alguna prenda y la otra la cambiarán al día siguiente.

En fin, clientes que si no lo fueran sería mucho mejor.

Pues bien, después de darme una falda diciendo que no la compraba, me preguntó por el precio de los dos vestidos que iba a comprar (ningún tipo de esfuerzo por averiguarlo ella). Me da la tarjeta y no hay dinero. Se lo comunico muy amablemente. Me dice que no, que es de crédito y que es imposible. Sonrío y lo vuelvo a intentar. No hay crédito. La madre entra en escena y me pregunta qué pasa. Y aquí viene el diálogo:

Hija: mamá, ¿cuántas veces te tengo que decir que no hables con esta gente?

(La madre le mira con cara de no entender)

Hija: mamá, no son dignos de hablar con nosotros.

Yo (haciendo ver que no he entendido bien): ¿Qué? ¿Disculpe?

Hija: dependiente, sabes muy bien que no eres digno.

Pues eso, que no soy digno. Qué bien le vino a mi soberbia. Después de despedirla con una sonrisa me pasé el día entero meditando esas palabras.

Un comentario sobre “No eres digno

  1. Madre mía!estoy alucinando . Es cierto que los países asiáticos son muy clasistas y no se molestan en esconderlo . Viví 3 años en China y lo pude notar pero me extraña que lo sean con occidentales aunque sean cajeros de una tienda . Todo ello además para esconder que no tenía pasta en su tarjeta ajajaj . Qué lástima…

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