Boda coreana II

(19.I.2020)

El fútbol ha sido parte de mi vida desde que nací, pues según dice la leyenda familiar tenía cara de budita, con la cabeza en forma de ese instrumento de diversión universal que no conoce de clases.

En la universidad no traicioné mis raíces y seguí corriendo detrás de un balón en un equipo del que ahora soy OB (Old Boy, como dicen aquí). El fútbol siempre ha sido una gran manera de socializar y cuando era YB hice muchos amigos, entre los que estaba Aloysio, quien me quitó el dorsal 14 y durante un año fue el tesorero del club.

Un día me lo encontré saliendo de la iglesia cerca de la uni y me explicó su conversión (…). Desde entonces nos tratábamos más, pues si sumas al factor fútbol el factor fe, allí nace un lazo de otra dimensión.

Contándonos nuestras penas y alegrías me enteré de que los padres de su novia se oponían a que se casara porque él (mi amigo) no era farmacéutico ni tenía dinero. Al parecer su novia tuvo que dejar la carrera a medias para cumplir con el capricho de sus padres y estudiar Farmacia.

En el último post hablé de las bodas coreanas y con este post quiero completar el dúo.

Su novia y él se conocieron en la parroquia del barrio y el padre de ella tenía un cargo importante en la misma. El tema es que como se oponían con todas sus fuerzas tuvieron que estar saliendo a escondidas. En la parroquia hacían ver que nada y después quedaban en algún remoto lugar de Seúl para cenar y decirse cuánto se querían. Mi amigo aguantaba esperando que los padres cambiasen de opinión, pero después de años de espera (10 desde que se conocieron; 8 desde que empezaron a salir) y de ver cómo la juventud se la llevaba el viento, ayer decidieron dar el paso. Audacia.

Los padres de ella no llaman a su hija desde hace más de 5 meses por el mero hecho de querer casarse con un plebeyo. Y su hermana y hermano les siguen la corriente. En España suena raro, pero aquí lo es aún más, pues los lazos familiares y la sangre de los antepasados juegan un rol primordial es esta sociedad confuciana.

Mi amigo tuvo que mudarse a otro barrio y empezó a ir por otra iglesia. Y su novia (ahora mujer) hizo lo mismo. Hace dos semanas me llamó para que fuese el testigo en su boda. Acepté al instante. Todo un honor. Y ese día, el que se supone que es el más importante y alegre de tu vida, fue ayer.

Humanamente fue un fracaso de boda: ningún familiar, menos de 20 personas, el cura imprimió unos papeles con los nombres de otros (los que se casaron la semana anterior), no hubo procesión desde la entrada al altar, ni canciones, ni vestido de novia, ni nada. Solo se escuchaban los ruidos de los niños jugando fuera y los lloros de unos pequeños.

Pero os puedo asegurar que ha sido la boda donde he visto más amor. Tuve el privilegio de estar toda la breve ceremonia (¿15 minutos?) al lado de mi amigo, testificando que sí, que allí se había realizado algo divino. Pues cuando el cura entona las palabras “lo que ha unido Dios que no lo separe el hombre”, cuando él le pone el anillo remarcando “en la salud y en la enfermedad… amarte y respetarte todos los días de mi vida”, cuando resuena el “sí, quiero”… en todo ello hay un algo que te eleva y te hace descubrir, sino el más allá, las puertas del mismo.

Ella vestía con un one piece blanco, pendientes brillantes a conjunto con un collar, el pelo recogido con una simple goma, un maquillaje no muy llamativo y una sonrisa que contagiaba a cualquiera. En la cara se le notaba que había sufrido. Y que seguía sufriendo. Ese sufrimiento se había llevado algo de su juventud. Y no es para menos: que nadie de tu familia te quiera, que ni siquiera tengan el detalle de venir a tu boda, de mandarte un mensaje de felicitación… eso es muy duro.

Pero ayer era un día para celebrar. Al acabar la ceremonia nos sacamos alguna foto para el recuerdo y nos fuimos a un restaurante cercano a cenar algo. No muy caro, pues el presupuesto no daba para más. La mujer no paraba de dar las gracias a todos por haber venido, agradecimiento que le salía de dentro. Y las miradas que se intercambiaban transmitían un “lo hemos conseguido”, un “ahora empieza todo”, un “te quiero”, un “aunque la muerte nos separe”.

Love is in the air dice el estribillo de la canción. Se queda corto. Al acabar la cena juntamos unas mesas y nos quedamos haciendo una tertulieta, copa de vino en mano. Nos volvieron a contar su historia. Aloysio la narró en la versión “30 minutos”, pero me quedé con las ganas de la versión completa. De vez en cuando paraba y buscaba la afirmación de su mujer, que corregía algún pequeño detalle y añadía otros.

Llegó la hora de cerrar el restaurante y les acompañé a su casa, con parada previa en un bareto para un último brindis. Si Dios quiere en nueve meses habrá bautizo.

Vuelvo a leer el post y cambio algunas cosas. Lo vuelvo a leer y ya me gusta. Y en el fondo sé que escribo esto para no olvidarme de que fui yo el padrino en esa boda entre un Romeo que se llamaba Aloysio y una Julieta con nombre de Lucía. Dentro de unos años, cuando ese amor haya dado sus frutos, cuando los padres se hayan reconciliado, cuando me invite a la boda de alguno de sus hijos… en ese momento miraré atrás y diré “audacia, Aloysio. ¡Audacia!”.

4 comentarios sobre “Boda coreana II

  1. Excelente !! Sentí que estuve presente y disfruté de su amor, de sus miradas, de su triunfo y me dolió su dolor!
    Los encomiendo para que pronto lo comprendan los padres !!!!!
    Felicidades al autor de esta narración!!! Lo Máximo!!! Hace honor a sus raíces , todo heredado!!!!
    😉

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