La loca de Myeongdong

Todas las iglesias tienen un regalo del de Arriba, gente especial que nos envía para que le encontremos en ellas, para que sepamos encontrarle en el más necesitado. Siempre han estado y estarán allí: el pobre en la puerta, el tontito, la loca… la mayoría les ignora, otros rumorean o se ríen a sus espaldas y pocos les prestan atención.

Pues ayer fue un día especial para mí. Fui a misa de 10h a la cripta de la catedral de Myeongdong, que siempre se queda pequeña. Llegué con 10 minutos de antelación y ya estaba todo lleno. Todo excepto dos sitios: los que estaban a ambos lados de una anciana. Al llegar a su lado me di cuenta de que tenía toda la ropa sucia, se le caía la baba, olía mal y hacía ruidos raros.

Mi primer impulso fue sentarme lo menos a su lado posible, no vaya a ser que me vomitara o algo por el estilo. Pero a lo largo de la misa, a medida que nos acercábamos al Momento, yo también me iba acercando a la señora.

Con cuatro o cinco rosarios en cada muñeca, de repente sacaba uno y se ponía a pasar las cuentas. Paraba y suspiro. Y se santiguaba continuamente.

Pero lo que me ha llamado más la atención es que no levantó la cabeza en toda la misa. Y a medida que me acercaba a ella notaba cómo yo también me iba empequeñeciendo.

Acaba la misa y saca un rosario. Pasando las cuentas se empieza a dormir y va cayendo, cómo no, hacia mi lado. Me arrimo y se apoya en mi hombro. Despierta y vuelve a caer. Hace un ruido raro, se toca algo que tiene en la boca, se le cae la baba y vuelve el mismo recorrido: cuentas, ojos, hombro.

Los que salían le miraban con esa cara de ojos contraídos, cabeza para atrás, cejas enarcadas y sin rastro de sonrisa. La misma mirada que yo tenía hasta ese día. Hasta ayer.

Mientras la anciana dormía apoyada en mí, pensé en mi abuela, a quien tanto quiero. Allí, en uno de los últimos bancos, con poca luz y la mirada perdida, con algo que ardía dentro y todo frío por fuera, allí se podría acabar el mundo.

Pasan los minutos y se despierta. Se gira poco a poco y me sonríe. Pocas sonrisas han transmitido tanto. Y qué historia tan grande debe llevar esa mujer detrás. Le pregunto su nombre. María. Y esta vez yo también suspiro con ella. Le doy la mano y muy lentamente coge su mochila y su bastón, un palo de golf que probablemente se encontró en la calle. Cojea de camino a la puerta. Se para ante el altar y cuento las veces que se santigua. 13. Hace continuas reverencias, dice palabras que nadie entiende y se va, con su paso lento y su voz en off.

Y es cuando pienso que algunos estarán muy por delante de nosotros en el Reino de los Cielos. Ya no lo dudo.

Hubiera salido con ella, mas mis ojos humedecidos y mi despertar me lo impidieron.

Y volveré a la catedral a buscar ese sitio libre a su lado; al lado de María, la loca de Myeongdong.

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